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Benjamín PINZA SUÁREZ Lo que le da sentido a una institución es su visión y misión, las mismas que depositan su peso para la historia y para la trascendecia en la capacidad del liderazgo de sus autoridades. Las entidades que no tuenen bien definidas sus metas, fines e ideales, labran su propia agonía. Aquí es cuando emana como juramento individual y colectivo el compromiso institucional. Aquí es cuando se comprende que la responsabilidad de la dinamia institucional no depende de una, dos o tres personas, sino de todo el colectivo que la constituye. Por fortuna, nuestra querida institución no nació como una aventura de la fugacidad sino como necesidad inagotable para quedarse en la dimensión del tiempo y del espacio. De ello dan fe sus 54 años de exitosa existencia. Y en el curso de este tiempo ha habido el aporte decidido de sus autoridades, de sus docentes, administrativos y personal de servicio, que han entregado lo mejor de su capacidad a la forja de su grandeza. A quienes laboramos en tan querida institución, no puede desbordarnos el sabor de la vanidad insustancial, sino la satisfacción de haber trabajado con responsabilidad, con honor y decencia; pues, la cátedra secundaria no la hemos tomado ni como un pasatiempo, ni como un escenario para la mediocridad y peormente como un instrumento para el fraude y la frustración propia y ajena. Todo lo contrario, para nosotros la cátedra secundaria ha significado la más alta tribuna del pensamiento ilustrado en donde el ocio se ha transformado en acción, la rutina en creación, lo vegetativo en producción, y todo ello, teniendo como substrato esencial una estatura ética y moral bien cimentada, porque no ha sido cuestión de un peregrinaje de negligencia o de ineficacia, sino el más fiel testimonio de una entrega sincera, sin cálculos ni privilegios. Siempre hemos impulsado la edición de revistas, de periódicos, de folletos, constituyéndolos en las mejores herramientas para que nuestras autoridades, los docentes y fundamentalmente nuestras alumnas, registren sus pensamientos en el gran libro de la vida, para que digan sus querencias, para que tejan sus sueños, porque escribir y leer no dejará de ser el mejor espacio para incorporar nuevas energías, nuevos bríos que nos permitan continuar enfrentando nuevos desafíos personales e institucionales hasta el último segundo en que tengamos que permanecer inhiestos en las colinas del tiempo; porque la fuerza y convicción en la grandeza de nuestra institución no tiene edad, ya que después de una acción cumplida, hay otra de partida y después de cada conquista hay otro desafío. Jamás las entropías podrán degenerar nuestro estilo de vida. Claro que el curso de los acontecimientos que conforman nuestra vida nos va dejando, en forma de experiencia, el legado casi imperceptible, de la efímera fugacidad del tiempo. Por ello es que, casi sin quererlo, nos sentimos obligados a recordar a Bouradoue para con él afirmar que: “El tiempo es el precio de la eternidad”. Es que somos hijos del minuto que pasa y, más aún, de la perpetuidad inmutable. Pero hay algo en nosotros que resiste con tenacidad al golpe del tiempo y se escurre constantemente de las manos de la superficialidad: es la dulce realidad de sabernos capaces de continuar ejerciendo con altura la docencia a través de la cual poder otorgar a nuestros educandos el edificante título de auténticos ciudadanos. El Beatriz Cueva de Ayora estará presente en nuestras vidas como un estandarte y nuestra lealtad se pondrá de manifiesto contra todo freno, para cada negativa, para cada empellón contra su fraccionamiento y la libre expresión de su pensamiento ecuménico, y para ello no faltará una palabra grande, una palabra alentadora, una acción renovadora. Queremos ser siempre más y mejores; y esta esperanza, esta gran puerta de sonidos y conciencia vibrará exigiendo espacio, conocimiento, ciencia, investigación y cultura para todos los hambrientos de tiempos mejores, para que persista la idea de un devenir institucional retador, saludable, humanista y de gran incidencia en el nuevo tipo de sociedad que tanto anhelamos.
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